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Ago 30 2007
Sección: 

(EVARED) - La pregunta que nos acompaña y acompañará hasta el final de los tiempos. La duda, el abismo, el miedo, el vacío, la oquedad de uno mismo. Y en el camino el interrogante ¿dónde está Dios?. Así se lo venía preguntando la madre Teresa de Calcuta, la que dio y se entregó a los más pobres entre los pobres. La que en cada llaga, cada herida, cada enfermo, cada niño abandonado, veía a Jesús. Ella que tuvo sed, sed de justicia, sed de escuchar y amar a Dios, también dudó. Es humano, ¿quién no lo ha hecho entre creyentes y no creyentes en algún momento de su vida?

Parece que la próxima publicación de un libro epistolar de Teresa de Calcuta, con proceso de canonización abierto, levantará una extraordinaria controversia. Ella era sierva y era amor, sacrificio y generosidad, entrega absoluta, pero era sobre todo humana, radicalmente humana, en todos y cada uno de sus poros, esos que sienten, que sufren, que se rebelan. Enfrentada a la miseria, pero no a la de los pobres, sino a la de los poderosos sin conciencia, sin dolor. Y buscó, trató de escuchar, de que le hablara, pero no oyó, no encontró ni se le habló en algunos momentos de su vida. Y sin embargo él la vio, la escuchó y sobre todo la encontró.

Dónde estaba Dios se preguntó no hace mucho el papa Ratzinger al traspasar las verjas de Auschwitz, el propio Jesús de Nazaret en medio de su terrible agonía transfiere su lado más humano y se pregunta, por qué me has abandonado, señor, señor. Sí, la madre Teresa tuvo una profunda y duradera crisis de fe. La fe también es búsqueda, no contemplación. La fe debe evolucionar, lo malo es parapetarse tras de ella, estancarse y no ver más allá de lo que no queremos o estamos dispuestos a ver. Pero no hay que olvidar que somos criaturas esencialmente libres, creadas en libertad y para la libertad. Y el hombre es el peor enemigo de sí mismo. La humanidad adolece de conciencia, de sentimiento, pero no Dios.

La fe es un constante preguntarse, un ir y venir de afirmaciones y dudas, de preguntas que no tienen respuesta desde la razón. La fe es una llama que espera y robustece, auxilia y ayuda pero que no todos tienen ni quieren poseer. Pero fe y beatería, tan pródiga en una España y sociedad macilenta, no casan bien. ¿Dónde está mi fe, dónde está nuestra fe? Un camino que sólo nosotros mismos debemos recorrer desde el interior y el conocimiento de nosotros mismos. Dios no está en silencio, pero sin embargo no somos capaces de escucharle, hace mucho que le hemos arrojado de nuestras vidas, de nuestros yos, con nuestros ímpetus de supremacía y soberbia. Y tras cualquier catástrofe humanitaria, guerra, hambruna, muerte, nos preguntamos dónde está, y por qué. Incluso le culpamos, le crucificamos. Y sin embargo muchos se resignan, otros se rebelan y el hombre sigue haciendo camino, el camino de su vida, única e irrepetible, aparentemente solo, pero no lo está aunque no vea, no crea y niegue.

Desgarrador es este párrafo escrito hace muchos años por Teresa de Calcuta: "… yo llamo, me aferro, quiero, pero nadie responde, nadie a quien agarrarme, no, nadie. Sola, ¿dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo, no hay nada, excepto vacío y oscuridad, mi Dios, qué desgarrador es este insospechado dolor, no tengo fe … Si hay Dios, por favor, perdóname …" Sobran las preguntas, las palabras, la zozobra interior para llegar a escribir con agria angustia y extenuado dolor del alma. Pero ella también se preguntó y buscó en esas dudas la respuesta a un por qué.

No es nuevo cuestionarse el silencio de Dios, todos y cada uno de los pueblos y creyentes lo han hecho en alguna ocasión. Pero al lado de la pregunta, suele haber un escenario de pobreza, de miseria, de humillación y profundo dolor, una soledad sonora. Y muy pocos, con una fe inquebrantable, son capaces de preguntarse por ese silencio, esa recriminación humana a lo que no es entendible con ojos y corazones humanos. El silencio de Dios está presente en toda teología, en todo estudio, en todo debate, en toda religión.

Lo triste es que algunos aprovecharán únicamente para otear en la superficie y no ver la profundidad escatológica de estas preguntas, estas dudas, estas caídas sin red a un precipicio donde está Dios para recogernos. Pronto tratarán incluso de paralizar o empedrar el camino de canonización de Teresa de Calcuta. Probablemente es lo que a ella menos le importaría; los santos, al fin y al cabo, los proclaman los hombres. Y la historia de la Iglesia está llena de cientos de santos aclamados por el pueblo desde tiempos pretéritos. El que estemos llamados o no hacia una santidad es harina de otro costal y cada cuál que crea lo que quiera creer. Pero el silencio de Dios seguirá ahí, también con su palabra. Para él todos somos iguales. La respuesta espera.

Fuente: La Vanguardia

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