“El Dios de vivos” (Lc 20, 27-38)

(Diálogo sobre el Evangelio de hoy: ¿Mujer de 7 maridos?

¿Habrá vida eterna?

Lee esta historia:

  •   “Rabino, ¿dónde están los muebles?”
  •   “¿Y dónde están los de Vd?”, replicó el rabino.
  •   “¿Los míos? Yo solo voy de paso”, contestó el turista.
  •   “También yo”, replicó el rabino>
    Una de las características del mensaje de Jesús fue la esperanza para después de la muerte. Sin embargo, esta convicción no quita su valor a la vida presente. Es en ella, en la que, a través del amor y la misericordia, se va, por así decirlo, sembrando la vida futura. “Lo que hicieron con estos hermanos míos, más pequeños, conmigo lo hicieron.

    Los saduceos quieren entrampar a Jesús con una pregunta sobre la resurrección. ¿Quiénes eran los saduceos?

    Los saduceos surgieron doscientos años antes de Jesús.

    Constituyeron un grupo aristocrático, al que se integraron sacerdotes, levitas, terratenientes y mercaderes. Era gente influyente y poderosa. Ligados al poder romano y a sus beneficios económicos, defendían que la recompensa de Dios sólo se obtenía en esta tierra, precisamente en forma de buena posición, de dinero y privilegios. Por ello no necesitaban de ningún cielo en la otra vida ni de ningún Mesías aquí; y eran ardientes defensores del sistema establecido.

    ¿Qué pregunta le hacen a Jesús?

    Le hacen una pregunta tramposa sobre la otra vida, para hacer ver que no puede haber resurrección. Para ello citan la ley del levirato de Moisés (Deut. 25:5-6). Ella dice:

    "Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano".

    Esa ley era para proteger a las viudas (una mujer sin varón y sin hijos no era nadie).

    Y aquí viene la trampa: “Pero si el hermano muere y la viuda se casa con otro hermano, y así hasta con siete hermanos, ¿de cuál de ellos será mujer en la otra vida?”

    Y ya que es ridículo que una viuda tenga siete maridos en el cielo, los saduceos concluyen que un cielo así es imposible, y por lo tanto no hay resurrección.

    ¿Cómo responde Jesús?

    Jesús asegura: hay resurrección. En la resurrección de Lázaro dirá enfáticamente:

    “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá”.

    Y ahora añade: “Aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza” (v. 37). Para entonces, ya habían muerto Abraham, Isaac y Jacob, pero Dios habló de ellos entonces, como si todavía estuvieran vivos.

    Hay resurrección, porque Dios es Dios de vivos. Dios nos ha creado para la vida y no para la extinción definitiva. Dios no nos echa a la vida como burbujas de jabón: ahora están, mañana no. Dios nos da la vida aún más allá de esta existencia terrena.

    Sin embargo, es una resurrección distinta de la que los saduceos suponen. Es verdad que en ‘este siglo’ la procreación sexual es necesaria para mantener la raza humana, pues aquí la gente se muere, y hay que traer relevos.

    Pero en la otra vida nadie muere y nadie nace. Allí no hace falta casarse ni levantarse de noche a atender el bebé, ni depender el hombre de la mujer ni viceversa. Seremos libres, como los ángeles, porque las relaciones son abiertas y sin ningún impedimento.

    Pero una vida así sin sexo, ¿no será aburrida y monótona?

    Nada de eso. La vida en la resurrección estará llena de alegrías, que ahora no podemos ni comprender. Y serán mayores que las de aquí abajo. Así nos lo asegura S. Pablo:

    “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni corazón humano puede entender lo que Dios ha preparado a los que le aman”. (1 Cor 2:9).

    Así lo imaginó Jesús en tantas parábolas de bodas: el “cielo” será una fiesta sin fin.

    Entonces los seres humanos verán a Dios, y todo cambiará: los últimos serán los primeros, los pobres dejarán de serlo, los hambrientos serán saciados. Sólo el lenguaje del amor puede explicar lo que el cielo significa: Nuestra aspiración más radical es poder amar y poder ser amado de manera plena, íntima y total. Y para esto el sexo no es imprescindible.

    Tampoco hay reencarnación, donde se repitan las dependencias de ‘esta vida’.

    ¿Podemos prever lo que nos espera?

    Es muy difícil preverlo. Aquí hay algunas comparaciones:

    Una oruga en forma de gusanillo, un día se transformará en una bella mariposa de mil colores. Si lo supiera cuando es oruga, desearía esa transformación ya, sin esperar.

    Tampoco el feto puede sospechar lo que le espera fuera.

    Y el niño de dos años tampoco puede imaginarse lo que le espera dentro de 20 años.

    ¿Habla la Biblia de la resurrección?

    La palabra ‘resurrección’ no aparece en el AT, pero la idea se encuentra allí: “Ya sin carne veré a Dios” (Job 19:26); “El Señor aniquilará la muerte para siempre” (Is 25:8); “¡Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo! (Is 26:19); “Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua” (Dn 12:2).

    La primera vez que las Escrituras plantean la fe en la resurrección de los muertos y en la inmortalidad individual, es en los libros de los Macabeos (2 Mac 12, 41-46; 14, 46). Frente a la muerte de los guerrilleros israelitas, que combatieron por la liberación de su pueblo contra tropas extranjeras, el pueblo comenzó a intuir que los mártires de la liberación nacional serían resucitados por Dios. Surgió la convicción de que aquellos héroes no podían estar definitivamente muertos, y que su resurrección era necesaria.

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