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Escribo desde Roma, donde participé en un Simposio de Obispos y expertos, convocado por Misereor y el CELAM. Los peritos nos dieron datos angustiosos sobre el cambio climático, la crisis financiera y alimentaria, la situación del agua, la tendencia hacia los agrocombustibles, entre otros. Como pastores de un pueblo que sufre, desde la fe hemos analizado la situación y hacemos algunas propuestas, para una vida digna de todos.

En la Declaración final, expresamos que la actual crisis del mercado financiero nos muestra que la autoregulación es una ilusión que ha llevado a un “callejón sin salida” y que la visión cristiana de que la economía debe servir al ser humano y a su bienestar ha quedado relegada.

La crisis económica global afecta a países en vías de desarrollo más que a los países ricos. Se reducen las exportaciones y los ingresos, aumenta la desocupación, bajan los precios de las materias primas. Una nación y un gobierno no pueden por sí solos procurar el bien común de sus habitantes. No existen mecanismos globales con poder de control y capacidad de negociar y prevalecer. Los intereses particulares de grupos económicos y políticos compiten con los de los Estados nacionales. Las necesidades de los pobres y el bien común global se dejan de lado. En las deliberaciones sobre la reforma del orden económico global, los intereses de los países en vías de desarrollo y de su población empobrecida no tienen prioridad.

JUZGAR

Esta preocupación no es ajena a nuestra misión evangelizadora, como recuerda el Documento de Aparecida: “Asumiendo con nueva fuerza esta opción por los pobres, ponemos de manifiesto que todo proceso evangelizador implica la promoción humana y la auténtica liberación sin el cual no es posible un orden justo en la sociedad” (399).

La Iglesia es interpelada por las dramáticas tendencias de la realidad. Desde la Doctrina Social de la Iglesia podemos formular exigencias éticas y promover una teología de la creación y una teología de la responsabilidad.

A partir de la opción preferencial por los pobres, la Iglesia está llamada a enfrentar estos desafíos y analizar los déficit de justicia, orientación y cooperación que se observan en todas partes. No hacerlo, es traición al Evangelio.

ACTUAR

El momento de actuar es ahora o será demasiado tarde para todos. Urgen respuestas inmediatas, y no seguir la práctica de adoptar medidas aisladas y desarticuladas que sólo apuntan a mantener o restaurar el sistema actual.

Es evidente que con un modelo de desarrollo concebido únicamente como crecimiento económico no será posible alcanzar la justicia. No se debe seguir el ejemplo de las sociedades centradas en el consumo egoísta e irresponsable. Los recursos del mundo no serán suficientes. La crisis nos llama a buscar nuevos patrones de desarrollo. Los Estados juntos deben procurar normas que protejan la biodiversidad, el agua, el aire, la tierra, el ambiente, los bosques, los glaciares.

Los pobres y excluidos han de ser sujetos y actores de un nuevo orden político, económico, social, ecológico. Se impone un cambio en los estilos de vida y modos de producción. Se deben promover actitudes que alejen del consumismo y derroche de recursos naturales hacia actitudes solidarias en el uso responsable de los bienes, en un comportamiento ético que valore más el ser que el tener y que supere el mero afán de lucro o beneficio individual.

Es necesario favorecer los mercados locales y regionales. Se debe impulsar el papel regulador de los gobiernos frente a las industrias extractivas nacionales y trasnacionales para procurar estudios de impacto ambiental, consulta previa a las poblaciones afectadas, en perspectiva al desarrollo humano integral.

Las políticas públicas no se deben limitar a un enfoque meramente compensatorio asistencialista, sino llegar a cambios estructurales para combatir las causas de la pobreza.

Se debe definir una ética en las relaciones de comercio internacional, con una reforma de las organizaciones multilaterales del comercio, de las finanzas y la justicia tributaria.

*Obispo de San Cristóbal de Las Casas

Declaración de los Obispos sobre crisis económica

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